sábado, 27 de agosto de 2016

"Sexy Lover" Por Alfonso Padilla

Alfonso Padilla es un escritor mexicano de 34 años. En la actualidad está en el proceso de publicación de su primera novela llamada: "Dime tus pecados". Es el creador de la serie de cuentos cortos llamada: "Fragmentos de terror". Se encuentra trabajando en su segunda novela y un proyecto llamado: "Que el terror os acompañe". Su pagina personal es:  www.alfonsopadillaescritor.com

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1
–Filias —dijo el profesor López escribiendo la palabra en el pizarrón—. Son muchas y tan complejas como la misma psique del ser humano. Las más conocidas suelen ser la afición a los muertos o a la oscuridad. Pongan su libro en la página cuarenta. —Hizo una pausa para esperar a sus alumnos. Era profesor de tiempo completo en el Instituto San Carlos y director emérito del Departamento de Psicología de la UNAM. Uno de los catedráticos más conocidos del país—. Si tan solo fuéramos capaces de desentrañar todo lo que está en nuestro subconsciente, podríamos quizá entender y comprender cuales son aquellos factores o determinantes para ciertos comportamientos humanos como las filias o aficiones.
Se dio la media vuelta y escribió otras palabras en forma de lista.
–La Hipoxifilia —continuó diciendo— es la atracción por la falta de oxígeno. Es una persona que siente placer al sentir que se ahoga, al sentir que no puede respirar. ¿Se imaginan lo que esto significa? —Miró a sus alumnos esperando algún comentario.
–¿Es peligrosa? —preguntó un muchacho de cabello ondulado y nariz chata—. ¿Puede matarlos?
–Lo normal es que se detengan en un punto retornable. Pero hay casos en que sí se han muerto con tal de llegar a un éxtasis total. Y recuerden que hasta la filia más sencilla —dijo moviendo su dedo hacia todos lados—, puede ser muy peligrosa. Al fin y al cabo es un vicio, es un placer que nos exige nuestro cerebro y nuestro cuerpo.
–¿Por ejemplo? —preguntó una chica de lentes y cejas pobladas.
–La coprofilia —señaló el profesor anotándolo en el pizarrón—. El placer sexual por el excremento.
Un sonido general de desaprobación y asco se oyó en el salón.
–Yo no me imagino excitándome con una cagada de perro en la calle —dijo otro muchacho provocando la risa de todos.
–Esa es la cuestión de las filias —dijo el profesor con ansioso gusto—, que son muy raras, muy exclusivas; tanto que a los demás nos parecen hasta repulsivas.
–¿Cómo la necrofilia? —preguntó de nuevo la chica de los lentes.
–Y muchas otras, como la nanofilia, que es la atracción por las personas enanas; o la ofidiofilia, que es la atracción por las serpientes. ¿Y quieren algo más grotesco? —dijo el profesor mirándolos con severidad. Sus alumnos asintieron—. La Abasiofilia, que es el gusto y afición por las personas mutiladas o cojas; llegando los enfermos inclusive al extremo de cercenar a las personas para excitarse y sentirse bien.
Los chicos pusieron cara de espanto. El profesor sonrió un poco para calmarlos.
–O la pirofilia o atracción por el fuego. De ahí el terminó de pirómano. —Se dio la media vuelta y empezó a anotar la tarea—. Me van a revisar estas páginas y hacer una lista de los gustos más raros que hayan conocido de sus amigos y familiares. No se preocupen —agregó viendo sus caras de angustia—, solo quiero los gustos o aficiones, no voy a pedir nombres.
Los muchachos se rieron y murmuraron entre ellos.
–Bueno jóvenes, mi familia me espera. Buen fin de semana, que descansen.

2
Bruno era un joven de 18 años. En ese momento podía haber estado estudiando para algún examen de la universidad pero, en lugar de ello, se encontraba moviendo un par de pasadores sobre una cerradura. Volteó una vez más hacia los lados para cerciorarse de que nadie viniera por la calle. Para su fortuna, la calle estaba vacía y parecía como si todos los vecinos le hubieran brindado la facilidad de entrar en aquel domicilio desapercibido.
El último de los engranes cedió y la manija de la chapa se abrió. Echó un vistazo a la calle y miró de nuevo los bordes de la entrada cerciorándose de que no hubiera ninguna cámara de vigilancia. Abrió la puerta. Esperó unos segundos para ver si no sonaba alguna alarma secreta. No hubo ningún ruido.
Bruno quedó admirado de la belleza de la casa, por fuera le había parecido una vivienda como cualquier otra, pero por dentro había un exquisito gusto por el decorado. La sala estaba adornada con elegantes figuras de mármol y cuadros de paisajes. Una alfombra de cebra adornaba a los sillones con una mesa de centro de cristal. Sobre un centro de entretenimiento descansaba una pantalla grande y un buen equipo de sonido, acompañado de una buena colección de discos compactos. Todo indicaba que ese sería un gran botín. El piso era de mosaico, eso le daría la libertad de poder caminar sin hacer ruido. Aunque estaba casi seguro de que la casa estaba sola. Llevaba ya una semana vigilándola, en ese tiempo, se cercioró de que solo un hombre maduro vivía ahí. Esa persona tenía un horario estricto de entrada y salida. Miró su reloj, faltaba una hora para que regresara el dueño. Debía darse prisa.
Menuda joyita, pensó Bruno imaginando donde podía estar la caja fuerte, Este tipo tiene un carro cualquiera, sabe esconder muy bien su dinero. No importa, yo lo encontraré.
         Echó un vistazo en la cocina. Buscó en los cajones hasta encontrar el de los cubiertos. Necesitaba un cuchillo por si alguien estaba en el interior. Traía una pistola pero no le gustaba usarla, no era necesario derramar sangre, bastaban unas groserías y la amenaza de un arma filosa, para que la gente se amedrentara y pudiera someterlos. Solo había un par de cuchillos, tomó el más grande que parecía no tener filo.
    –Ni una jodida patata podría cortar con esto —dijo—. Pero de algo me servirá.
Salió por el pasillo y encontró la escalera que daba al piso de arriba y un par de puertas.
Subió a los cuartos. Eran tres. Revisó el primero. Parecía ser el cuarto del dueño. Estaba todo bien arreglado y ordenado. Encontró un pequeño alhajero donde estaban tres relojes de marca y unas cadenas de oro, las guardó en su morral. Revisó el resto de la habitación, solo encontró un sobre con unos dos mil pesos.
–Donde tienes la marmaja, viejo.
Revisó el segundo cuarto. Estaba todo bien ordenado como en el primero. Encontró cadenas y aretes de mujer. No había dinero, ni parecía que nadie durmiera ahí. En el closet había ropa de mujer.
El tercer cuarto parecía ser un cuarto de huéspedes. Solo había en uno de los cajones unas toallas y batas.
Frustrado, Bruno regresó al piso de abajo. No podía ser que con aquellos lujos, no hubiera algo más que unas cuantas joyas; en algún lado debía haber una caja fuerte. Entró en la primera puerta de abajo. Era una bodega, estaba llena de herramientas de jardinería y aseo, unos maniquís al fondo y una pila de cajas etiquetadas. Todo estaba muy bien ordenado. Revisó una caja al azahar, solo tenía material eléctrico.
Salió del cuarto e intentó abrir la última puerta. Estaba cerrada y tenía dos candados. No recordaba haber visto ningunas llaves en toda la casa, tendría que forzar la chapa. Sacó sus pasadores y empezó a moverlos.
Se tardó un poco más de lo que le hubiera costado una chapa normal, los candados eran de seguridad. Miró su reloj, aun le quedaba un poco de tiempo para revisar ese lugar.
Abrió la puerta, era la entrada al sótano.Estaba muy oscuro, tanteó la pared de la entrada pero no había ningún apagador. Tuvo que regresar al cuarto de tiliches y sacar una lámpara de la caja que había revisado. Empezó a bajar.
Contrario al resto de la casa, el aire estaba impregnado de un olor rancio y pestilente.
–Bueno, creo que don perfecto —dijo sonriendo—, se ha olvidado de limpiar este sitio.
Al llegar a la parte de abajo el olor se hacía más nauseabundo, por un instante, pensó en regresarse y salir; no tendría un gran botín, pero cuando vendiera los relojes y alhajas, tendría dinero un buen rato en lo que buscaba otra casa. Pero no se subió, la curiosidad y su ambición lo vencieron.
Avanzó con la luz limitada de la lámpara por el sótano. Brincó al ver a unas personas desnudas sentadas en un sillón. Sacó su pistola para amedrentarlos —el cuchillo lo había olvidado en el almacén—, pero la gente no se inmutó, pensó en decirles algo antes de que empezarán a gritar o se le vinieran encima, pero estaban completamente quietas, tan quietas como… maniquíes. Eran muñecos como los de la bodega, solo que estos estaban muy bien detallados, tanto los hombres como mujeres tenían sus partes genitales bien marcadas y sus caras eran bien detalladas y hasta de buena apariencia. Estaban acomodados a lo largo de un sillón como si entablaran una agradable plática entre ellos.
Con más curiosidad que nunca siguió avanzando. Adelante estaba un estante con varios frascos etiquetados. Los fue revisando uno por uno, eran excrementos de diferentes tamaños y colores; cada uno estaba etiquetado de acuerdo a su origen: “De caballo”, “de perro”, “de niña de ocho años”, etc. A pesar de que los frascos estaban cerrados, despedían un desagradable aroma que ambientaba el fétido olor del sótano.
Mas adelanté encontró una repisa con aves grandes. Estas al sentir la luz de la lámpara, comenzaron a lanzar sus graznidos.   
–Gordi, ¿eres tú? —dijo alguien más allá del alboroto de las aves.
Bruno se quedó helado al oír la voz, no esperaba encontrar a nadie. Se supone que no había nadie en la casa. Preparó su pistola de nuevo. Una cortina tapaba a la persona que había hablado. Una lámpara se iluminó de aquel lado reflejando una silueta sentada.
–Gordi, ¿eres tú? —repitió la persona tras la cortina, era una voz femenina—. ¿Por qué no prendes toda la luz?
Bruno avanzó hacia la cortina.
–Anda, apúrate —dijo la mujer—, necesito ir al baño, me estoy meando.
Si en ese momento Bruno hubiera estado alerta, hubiera escuchado los ruidos de alguien que se acercaba a sus espaldas y se hubiera dado la media vuelta apuntando con su pistola; pero la curiosidad de ver quien hablaba, lo nubló. Fue desplazando la cortina con lentitud, cuando un golpe en la cabeza le hizo perder el conocimiento.

Cuando Bruno despertó, estaba acostado sobre una camilla. Intentó moverse, pero no pudo. Solo podía mover su cabeza y sus ojos. Volteó hacia su derecha y vio a un hombre que estaba en el sillón platicando con los maniquíes. Estos estaban vestidos, los hombres llevaban finos trajes y zapatos; y las mujeres, llevaban puestos vestidos al tobillo con altos tacones y sombreros abombados. El hombre acariciaba la pierna de la mujer de plástico.
–Oh, ¿no le importara mi querido Esteban —le dijo al maniquí masculino que estaba junto a él—, que me sobrepase con su mujer? —Se quedó un rato en silencio, como si estuviera oyendo la respuesta del muñeco. Sonrió y agregó:—No se preocupe, yo sabré complacerla.
Sobre el suelo, estaban acomodados varios excrementos que parecían ser de los frascos de las repisas. El hombre siguió desvistiendo al maniquí con delicadeza y sensualidad, la fue besando con el mismo tacto de un gran amante.
    Una de las aves empezó a graznar, el hombre interrumpió sus caricias plásticas y se dirigió hacia las jaulas. En ese momento, Bruno pudo identificar quien era: el dueño de la casa, el sujeto que había estado vigilando toda la semana.
El hombre regresó con un ave, la llevaba amarrada del pico. Sus alas estaban cortadas, aunque estuviera suelta, no podría volar ni escaparse.
–¡Oh, Graciela! —le dijo el hombre al ave—, yo sé que también quieres celebrar este gran momento. Y si, sé que también a ti te excita esa mierda tanto como a mí.
Volteó hacia el otro maniquí hombre como le hubiera hablado, se acercó pegando su oído a su boca. Movía su cabeza como si estuviese escuchando un gran secreto.
–Gracias, señor Rosendo —le dijo al maniquí—. Le agradeceré cogiéndome a su mujer hasta la médula. Claro, si usted me lo permite.
Hizo una reverencia y se dio la media vuelta para ir con Bruno, el joven cerró los ojos y enderezó la cabeza al ver que venía hacia él.
–Muchachito, no es necesario que finjas —le dijo el hombre—. Ya Rosendo me ha dicho que has despertado y estabas viendo el preparativo de bienvenida que te hemos preparado. —Esperó a que Bruno abriera los ojos para regresar con sus maniquíes—. Míralos —le dijo al joven señalándolos—, se han puesto sus mejores ropas de gala para recibirte. Y he puesto los más exquisitos excrementos en el piso —movió su nariz como un sabueso que olfatea un buen hueso—. ¿No son extraordinarios?
Bruno empezó a sentir de nuevo sus manos.
–¿Quién es… es usted?—logró balbucear.
–¿Qué quién soy yo? —respondió el hombre con una gran sonrisa, se acercó hacia Bruno—. Más bien esa pregunta debería hacértela yo. ¿Quién eres tú?
–Yo… yo solo me perdí y…
–Ja, ja y ja. Mírate muchacho —le lanzó una mirada fraternal—. Bien podrías ser uno de mis alumnos. —Se acomodó su corbata, llevaba puesto un traje gris—. De la puerta hacia arriba —señaló hacia la entrada del sótano—, soy uno de los profesores más renombrados del país: El doctor José López. Pero de la puerta hacia abajo, soy el sexy lover más pasional que tus ojos verán en tu mísera vida.
–Porque no solo le llama a la policía y me entrega.
–¿Bromeas? Si este festejo es en tu honor. Mi familia está extasiada contigo —agitó los brazos en señal de emoción—, y en especial, mi mujer.
–Ya llévame, Gordi —se oyó la voz de la mujer a lo lejos—. Ya estoy lista.
El profesor corrió hacia el rincón del sótano.
Para ese momento, Bruno podía mover ya bien sus manos. Se movió con todas sus fuerzas, pero se dio cuenta que estaba muy bien atado. Quizá con sus piernas podría hacerlo pero aun las tenía dormidas. Debía salir de esa locura.
    El profesor regresó con una mujer en silla de ruedas. La señora era más o menos de la edad del hombre.
–Ya enséñale, Gordi —dijo la señora.
López miró con complacencia a su mujer, le quitó la sabana que la cubría. La mujer traía puesto un babydoll negro con encajes rojos. Estaba amputada de las dos piernas a la altura de las rodillas.
El profesor ajustó la camilla de Bruno hasta levantarlo un poco.
–¿Te gusto? —le preguntó la mujer—. Mira que a marido le encanta esta ropa. Quiere vernos haciendo el amor.
Bruno negó con la cabeza.
–Están ustedes locos si creen que yo voy a hacer eso. —Intentó mover de nuevo sus piernas, seguía sin sentirlas—. En cuanto me suelten, yo…
–Este es el gran momento que he soñado tanto tiempo —dijo López—. A mis grandes amores —señaló hacia los maniquíes y jaulas—, les hacía falta el espectáculo del éxtasis total.
Como respondiendo a sus palabras las aves empezaron a graznar.
–¿Has oído? —siguió diciendo—. Inclusive Rosendo, Esteban, Jimena y Yuridia —señaló de nuevo a las personas plásticas—, están ya muy excitados y quieren que entre en acción; quieren ver a sexy lover en acción.
–¡Está usted loco! —gritó Bruno moviendo sus brazos con todas sus fuerzas, sus ataduras no cedieron—. No pienso hacer nada. ¡Nada!
–Vamos, chico, esa no es la actitud. Mira que mi mujer lleva mucho tiempo esperando este momento, ve nada más que linda lencería se ha puesto. —Volteó hacia el sillón—. Dice Esteban que ese baby negro lo usaba solo cuando estaba con él. No creas que está celoso—le susurró—, solo lo dijo para que veas la importancia de las cosas.
El profesor jaló la sabana que cubría a Bruno. El chico miró con terror sus piernas: estaban amputadas como las de la mujer. Las habían cubierto con vendas que estaban manchadas por sangre.
–Descuida —dijo el profesor señalando el vendaje—. Ya están cerradas tus heridas, pronto sanaran. Ahora lo importante es la fiesta. —Alzó a la mujer de la silla de ruedas y la subió sobre Bruno. Corrió hacia el sillón con los maniquíes sentándose en medio de estos—. Vamos —le gritó a Bruno y a su mujer—, Excítense. Ámense.

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miércoles, 24 de agosto de 2016

"La Bruja" Por Rogelio Oscar Retuerto


Rogelio Oscar Retuerto, argentino, nació el 18 de febrero de 1972 en Hurlingham, Buenos Aires. Alternó su infancia entre el conurbano bonaerense y el paraje montaraz de Mailín en Santiago del Estero. La mitología americana y las creencias populares adquirieron un papel de relevancia en su formación literaria, así como la narrativa oral. Ha brindado charlas y talleres sobre mitología americana en el ciclo denominado “Fauna de las tinieblas”. Su obra la componen cuentos de terror y ciencia ficción y novelas cortas de terror y ciencia ficción.

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Un niño no es
una botella que hay que llenar
sino un fuego que hay que encender
Montaigne
1
Otra vez estaba en ese pasillo, otra vez con las piernas temblando, otra vez con la orina bajando por sus piernas, dejando un charco ambarino en el piso.
Era extraño, pero una parte de ella sentía alivio. Al menos, esta vez no se había meado en la cama, entonces, quizás, su madre no la cagaría a palos en la mañana siguiente. Sus dedos comenzaron a jugar con  fuerza sobre “Gonzalo”, su muñeco de trapo. Los dedos de Carlita revolvieron la cara de trapo de “Gonzalo” como si se tratase de una trituradora.
De repente, sus dedos se detuvieron.  Observó el baño al final del pasillo, la luz asomando bajo la puerta ante la cual tenía que pasar. Cerró sus ojos, hizo una mueca en su rostro, como si acabase de morder una rodaja de limón, aprisionó a “Gonzalo” contra su pecho y corrió hacia el baño. Cuando estuvo en la mitad del pasillo, justo frente a la puerta de la habitación de su madre, sintió que la puerta se abrió con violencia. Otra vez esa risa embrujada, ese frenesí incontrolable que salía dando zancadas detrás de ella. Esos dedos escuálidos y cadavéricos que se prolongaban para alcanzarla, pero esta vez llegó al baño. La tarde anterior había contado los pasos hasta el baño: debería abrir los ojos a los once pasos para no estrellarse contra la puerta del baño.
Ingresó al baño y cerró la puerta con premura. Se parapetó contra la puerta, sosteniendo el picaporte con ambas manos. “Gonzalo” cayó al piso, golpeándose la cabeza, pero no importaba. Era cuestión de segundos. Ahí estaba, del otro lado de la puerta queriendo ingresar. La puerta dio cuatro o cinco sacudones violentos y luego se detuvo. Ya todo había pasado. Carlita tomó el trapo de piso y se dirigió al pasillo a secar la evidencia de su delito infantil. Ya no había peligro. La bruja nunca la esperaba de regreso, solo a la ida. Como si se complotase con su madre para impedirle llegar al baño, como buscando que se meara para que sea la madre la que la cagase a palos, y ella disfrutara de su sufrimiento sin tener que tocarla, siquiera.
Carlita secó el orín del piso y regresó al baño a estrujar el trapo. Cuando pasó frente a la habitación de su madre, la observó deambular en sus sueños profundos. La bruja nunca cerraba la puerta después de atacarla. Estrujó el trapo en el inodoro, lo enjuagó en la canilla de la ducha y regresó a su habitación.
2      
         A la mañana siguiente Carlita desayunó como de costumbre. Callada, saboreando de manera automática un pedazo de pan con mermelada, como si lo hiciese sin sentir gusto de las cosas, con su mirada perdida en los azulejos de la cocina.
–¿No te measte anoche?
–No, ma.
–Mirá que ahora voy a ir a revisar tu cama. Es mejor que no me mientas.       
–No, ma.
–Tampoco quiero encontrar bombachas meadas escondidas en el canasto de la ropa o abajo del ropero o de la cama. Eso es un asco, Carla. Después se impregna todo de olor y sabés que la paliza que te vas a morfar es peor.
–No, ma.
–Dale. Vení que te peino, así te vas a la escuela.

 3
         Carla avanzó por la vereda, abstraída. No pensó siquiera en la posibilidad de que un auto la atropellase al cruzar una esquina. El fresco viento de otoño arremolinaba las hojas amarillentas sobre las baldosas de la vereda en derredor de sus pies. Por un momento pensó que avanzaba envuelta en un remolino de hojas que la acompañaba hacia la escuela. Carla frunció el entrecejo, se detuvo y creyó sentir que el remolino cesaba y las hojas se esparcirán a su alrededor. Se encogió de hombros y emprendió la marcha. Las hojas comenzaron a envolverla, acompañándola.

4      
         En el primer recreo, Carlita buscó a su primo Mariano. Él había vivido antes que ella en la vieja casa de Morón. También había sido el primero y el único en hablarle sobre la bruja del cuarto.
         Cuando los padres de Carla se separaron, Mariano ya no vivía más en la vieja casa de la calle Uruguay. Se había mudado con sus padres al nuevo departamento. La vieja casa dormía, después de años de bullicio, con un cartel de “se alquila” colgado en su frente. En realidad, la vieja casona pertenecía tanto a la madre de Carla como al padre de Mariano. Era la vieja casa paterna de ambos. Pero después de la muerte de los viejos, el padre de Mariano, rápido de reflejos y acostumbrado a las estafas, se había adueñado de todas las posesiones de sus padres, relegando a Carla y su madre al mendigaje  familiar.
         Carla divisó a Mariano en el otro extremo del patio, tirado en el piso, boca abajo, jugando a las figuritas. Carla atravesó todo el patio como si fuera un zombi. Por momentos golpeaba el hombro con algún chico o chica que pasaba jugando a la mancha o solo corriendo. En la mitad del patio, una nena delgada con dos colitas en el pelo, se acercó riendo, sin mirar hacia adelante para poder observar a su perseguidora. Golpeó contra Carla y cayó al piso.
–¡¿Qué te pasa nena?! –la increpó la niña delgada. Pero Carla siguió su marcha como si no hubiese sentido el golpe ni sus palabras.
Otra chica la ayudó a levantarse y se quedaron mascullando bronca, sin perder de vista a Carla que se alejaba rumbo a la galería.
Cuando llegó hasta donde se encontraba Mariano, se agachó y le tocó el hombro. Mariano volteó hacia ella, tenía una figurita pegada con saliva en la frente. Se levantó, se sacudió la tierra de los pantalones,  la tomó a Carla del brazo y se alejo unos dos metros.
–¿Qué hacés acá? –le preguntó Mariano–, no me gusta que te vean conmigo –siseo entre dientes, volteando para cerciorarse de que no lo estuvieran mirando.
–Tengo que hablar con vos.
–Después me llamás por teléfono a casa.
–No puedo llamarte, porque mi mamá no puede escuchar lo que quiero hablar.
El semblante de Mariano cambió de repente.
–¿Es sobre ella? –preguntó Mariano.
Carla asintió.
–¿Apareció de nuevo?  
Carla volvió a asentir.
–¿Hace cuanto?
–Hace una semana.
–¿Cuántas veces?
–Todas las noches.
Mariano frunció el entrecejo, abriendo los ojos como pelotas de golf. Apretó fuerte los labios y comenzó a retroceder meneando la cabeza. La boca comenzó a temblarle.
–¡Tenés que ayudarme! –le imploró Carla.
Mariano siguió meneando la cabeza, retrocediendo de espaldas.
–¡Por favor! –suplicó Carla.
Mariano tropezó con los chicos que jugaban a las figuritas y cayó de espaldas encima de ellos.
–¡Pelotudo! ¡¿Qué hacés?! –se quejó el que lo recibió encima–, ¡ahora no jugas más, boludo! –sentenció.
Pero Mariano seguía con su mirada clavada en su prima, ya no le importaba continuar jugando, no después de lo que había escuchado.

5
         El timbre del teléfono sonó en el living del departamento de Mariano.
–¡Mariano, atendé; que yo no puedo! –le pidió su madre desde la cocina, mientras batía crema en un bol.
Mariano dejó el joystick  sobre la mesa ratona y fue a atender el teléfono.
–Hola –provino del otro lado de la línea. Era Carla.
–Hola –dijo Mariano.  
–¿No me vas a cortar? –preguntó Carla.
–No, por qué.
–Por lo que pasó hoy –le dijo Carla.
–Lo que pasó hoy no importa –dijo Mariano. Luego volteó hacia la cocina y regresó a la conversación pegando sus labios en el tubo del teléfono–, me asustaste –susurró, como para asegurarse de que nadie pudiera escucharlos.
–Yo también –dijo Carla.
–¿Y qué vas a hacer? –preguntó Mariano.
–No sé. Quiero echarla.
–No se la puede echar. Dice que la casa es de ella.
–¿Y qué hago, entonces?
Mariano permaneció unos segundos en silencio, pensando.
–Tenés que matarla.
–¿Matarla?
–Sí. Matarla.
–¿Se la puede matar?
Mariano volvió a permanecer en silencio. Luego confirmó sus dichos.
–Sí, se puede.
–¿Cómo?
–Tenés que quemarla.
–¿Quemarla?
–Sí. Lo vi en una película. Además, mi mamá tiene un libro que se llama “Arde bruja, arde”. Quise leerlo, pero no lo entendí. Es para grandes. Le pregunté a mi mamá por qué se llama así y me dijo que es porque a las brujas, antes, las quemaban.
–¿Y cómo la quemo?
Mariano volvió a tomarse unos segundos para pensar.
–Hay que echarle querosene.
–No tengo eso.
–Nafta, entonces.
–Mi mamá no tiene auto.
–No sé, algo que arda.
–Mi papá, cuando vivía con nosotras, prendía el carbón para el asado con alcohol.
–Sí. El alcohol sirve ¿tenés?
–Mi mamá tiene dos botellas en el baño.
La madre de Mariano irrumpió en el living, desatándose el delantal por detrás de la cintura.
–¿Con quién hablas tan en secreto? –preguntó la madre.
–Con Lucas, quería venir a jugar, pero la mamá no lo deja.

6
         Carlita cenaba con la mirada clavada en la puerta del baño. Detrás de esa puerta había tres pasos de distancia hasta la otra puerta: la del botiquín. Allí dentro había dos botellas llenas de alcohol. Carla pensaba cómo podría quemar a la bruja sin que la atrape. Debía rociarla con alcohol y después prenderla fuego. No era algo fácil.
–¿Qué te pasa Carla? –le preguntó la madre–. Estás muy rara estos últimos días.  
Carla continuó comiendo.

7
         Carla se despertó con el sonido de un grillo que parecía esconderse detrás del ropero. La noche estaba fresca. Afuera imperaba el silencio. De vez en cuando se escuchaba algún perro ladrando a la distancia. Carla bajó de su cama y se arrodillo en el piso. Metió las manos debajo de su cama y extrajo dos botellas de alcohol que había escondido antes de dormirse. Abrió la mesita de luz y sacó un encendedor. Suspiró hondo.
Por un instante se preguntó si la bruja era real, si no podía ser producto de su imaginación, como decían los grandes sobre “Gonzalo”. Pero no, tenía que ser real. Mariano la había visto y hasta el propio “Gonzalo” la vio.
Eso ocurrió la primera noche en que apareció la bruja. Ella iba caminando tranquila hacia el baño, con “Gonzalo” colgando de un brazo. De repente, vio el terror que iba tomando cuerpo en los ojos de “Gonzalo”. Sus ojos se agrandaron, su cara hizo una mueca de terror y giró su cabeza. “Gonzalo” miraba de reojo a sus espaldas, había comenzado a temblar.
Esa fue también la primera vez que se había meado. De pronto, sintió el calor húmedo bajándole por las piernas, pegándole el camisón a los muslos.  Fue raro, porque lo que había visto “Gonzalo” requería una reacción urgente de parte de ella. En cambio, se tomó una eternidad para decidirse a voltear. Cuando lo hizo, “Gonzalo” ocultó su cabeza contra su pecho, temblando aún más.
Ahí estaba, frente a ella, agazapada,  como un arquero que espera el tiro de un penal. Su vestido corto se estiraba entre las piernas abiertas. Sus piernas tenían el color de las cosas podridas que a veces la madre sacaba de la heladera. Sus muslos estaban surcados por varices, como las que tenía la abuela antes de morir, pero estas se movían dentro de la piel como si fuesen gusanos retorciéndose. Los pies descalzos se aferraban al piso como las garras de un lobo. Sus manos abrían y cerraban los dedos como inmersas en un clima de ansiedad. Su rostro era inexpresivo, como el rostro de un muerto, solo que este denotaba un dejo de malicia. 
La respiración de Carla se acentuaba, sentía los latidos del corazón en la garganta. Sabía que el baño no quedaba a más de cinco o seis pasos detrás de ella, así que volteo y corrió con todas sus fuerzas. Cuando cerró la puerta, la paz volvió a reinar en la casa. Miró por la cerradura del baño, y ahí estaba, en medio del pasillo, efectuando gestos molestos ante su fracaso. Luego se puso en cuatro patas y comenzó a lamer el charco de orina que había dejado Carla, como si fuese una gata tomando su leche. En una de las lamidas se detuvo, miró hacia la puerta y sonrió en un gesto avieso. Luego se levantó y huyó corriendo hacia la habitación.

8
         El grillo detrás del ropero se había llamado a silencio. Toda la casa se sumió en un profundo silencio, como presintiendo el desenlace que se avecinaba. Carla miró por la ventana, todo era quietud, pero el silencio era algo mayor, supremo. Agarró a “Gonzalo” y lo sostuvo con un brazo, en esa mano llevaba una botella de alcohol. Se puso el encendedor entre los dientes y tomó la segunda botella. Así armada, salió de la habitación. Por alguna razón, esta noche el pasillo parecía más largo, interminable, pero ella no iba a atravesarlo. Se acercó con mucho sigilo a la puerta de la habitación de su madre. Cuando estuvo a unos dos metros se dio cuenta de que no había retirado las llaves de la puerta. Un profundo temor se apoderó de ella, pero luego se tranquilizó, se dio cuenta de que no nadie podría abrir la puerta desde adentro.
Esa noche, Carla no se había dormido de inmediato, espero a que su madre se durmiera primero. Una vez que se cercioró de que su madre dormía, fue a la cocina, tomó las llaves de la casa y, con mucho cuidado, cerró la puerta de la habitación de su madre. Era la única manera de garantizarse que esa noche la bruja no saldría del cuarto.
Carla se acercó muy despacio. Cuando se encontraba a un metro de distancia, la puerta comenzó a sacudirse, como en aislados espasmos, primero; con mayor violencia, después. Carla retrocedió, fue una reacción instintiva. Hubiese seguido retrocediendo si “Gonzalo” no le hubiese dicho “Matala”.  Carla bajó su mirada y ahí estaba “Gonzalo”, aferrado a su brazo, observándola. Más que una orden lo sintió como una súplica: “Matala”. Carla dejó a su muñeco en el piso y se acercó con cuidado a la puerta, las manos le temblaban. Volteó para ver a “Gonzalo” y ahí estaba él, parado en el pasillo, sosteniéndose de la pared con uno de sus brazos de trapo. La miró a Carla y con el brazo libre hizo un gesto pasándose la mano por el cuello.
Carla entendió. Se arrodilló frente a la puerta, esta ya había dejado de sacudirse. Destapó la primera botella, con manos temblorosas. Había empezado a llorar. Acercó el pico de la botella a la luz que quedaba entre la puerta y el piso y derramó el contenido. La mayor parte ingreso hacia la habitación. Destapó la segunda botella y repitió la operación. Se pasó la mano por la nariz para limpiarse un fluido viscoso compuesto por  lágrimas y mocos. Se puso de pie y se alejó de la puerta. Un pequeño charco de alcohol se formaba sobre el pasillo, fuera de la habitación. 
Prendió el encendedor y lo acercó varias veces, retirándolo con veloces reflejos, como su un fuego futuro aún invisible fuese a quemarla. La cuarta vez que acercó el encendedor el charco ardió, prolongando las llamas en una ola de fuego que ingresó a la habitación por debajo de la puerta. De seguro, ya habrían empezado a arder las bobinas de tela que su madre costurera guardaba en su pieza.
Carla se retiró contra la pared y observó como las llamas trepaban por la puerta, extendiéndose al empapelado de las paredes del pasillo y tomaba cuerpo en el machimbre del techo. Tosió varias veces y después se sentó contra la pared, observando como “Gonzalo” cantaba en un trance frenético “¡Arde! ¡Arde! ¡Arde, bruja! ¡Arde!”
Carlita volvió a toser, sintió que le faltaba el aire. El pasillo comenzaba a envolverse en velos de humo que lo iban cubriendo todo. Estuvo a punto de quedarse dormida cuando la puerta volvió a sacudirse. Se sacudía con mayor violencia que antes, acompañado por alaridos de mujer que desgarraban la noche.
–“Gonzalo”. Es ella, se está quemando –dijo Carla, pero “Gonzalo” no respondió.
Volteó para ver a “Gonzalo” y lo vio tirado, desparramado en el mismo lugar en el que ella lo había dejado. La lana del cabello comenzaba a encenderse. Carla hizo pucheros y sollozó.
–“Gonzalo”, vení –le dijo a su muñeco, pero “Gonzalo” no acudió a su llamado.
Se dejó recostar sobre el piso. Sentía que allí abajo se respiraba un poquito mejor. Le pareció quedarse dormida. Los gritos de la mujer dentro de la habitación habían cesado. Por un momento se encontró en una hermosa playa rodeada de acantilados. Sus padres, sentados sobre la arena, la miraban como jugaba haciendo pozos. “Gonzalo” nadaba, llamándola para que lo mire hacer sus gracias. Carla sonrió.
Un fuerte estruendo a vidrios rotos la devolvió a la realidad. Abrió los ojos, solo se encontró con los velos de una blancura impenetrable. Tal vez era el humo, o tal vez estaba en una nube, flotando en el cielo. Apoyo su cabeza en el piso y cerró los ojos, sonriendo. 

jueves, 4 de agosto de 2016

EDITORIAL junio - julio 2016


Escribir para el hombre común.
Me siento sensiblemente seducido por aquellos escritores que escriben para el hombre común. Aquellos, incluso, que provistos de las armas necesarias para vencer a la mediocridad y alejarse de la vulgaridad, no hacen abuso de ellas. Plumas sublimes, de reconocida trayectoria, algunas, incluso, galardonadas con el Premio Nobel de Literatura, como es el caso del magistral Saramago, conocen muy bien de ello. Si no, lean, no “Ensayo de la ceguera” ni “El hombre duplicado”, lean tan solo “Las intermitencias de la muerte” y sabrán de que trata sobre lo que hoy estoy escribiendo. Un relato atractivo, misterioso, con un toque de humor particular, que nos pasea por una parodia de la vida común, que se presta para los análisis sociológicos más rebuscados sobre nuestra concepción de la muerte, pero que a su vez se presta para ser leído por casi cualquier lector. Claro que los representantes de la inquisición literaria no tienen el coraje para arremeter contra un hombre que exhibe el Premio Nobel de Literatura sobre la chimenea de su dulce hogar. No tienen, en cambio, miramientos para destrozar a exquisitos narradores de la ficción popular como Stephen King, Dean Knootz o Clive Barker. Ni que decir, de la bolsa de desechos en la que han arrojado a los genios de la ciencia ficción del siglo XX. Allí amontonan a Arthur Clarke con Phillip K. Dick, Vernor Vinge con  Gregory Benford, Ursula K. Le guin con Joanna Russ. Lo que le achacan al genio de Maine se lo podrían achacar a Saramago. Sé que si estas palabras llegan a ser leídas por los ojos que se consideren los equivocados, van a irritarse con protuberancias venosas a punto de estallar, horrorizados; se persignaran y luego echaran a la Cruz Diablo a la hoguera de las vanidades. Pero acaso ¿es Saramago el arquitecto de las letras, el ingeniero de la semántica y la gramática que muchos esperan? No, no lo es. Ese fue, por citar solo un ejemplo, Jorge Luis Borges. Saramago es un maravilloso narrador, sublime, un escritor que ha llevado la belleza de la prosa a estratos difíciles de alcanzar. Pero escapa el genio de Portugal al mandato de los inquisidores: “cuanto más difícil y rebuscado, mejor”. Voy a detener aquí el abordaje sobre Saramago, pues es tan solo un ejemplo, un patrón que me permita enaltecer esta editorial para ubicar a los grandes escritores de la ficción popular en el estrato literario que se merecen. Los escritores de los que hablo saben tomar las expresiones populares, alejarse un poco para embellecerlas, las embellecen con vestidos nuevos, dan unos retoques en lontananza, pintan el entorno con colores fantásticos, pero en esencia esas expresiones siguen perteneciendo al pueblo. Porque para estos escritores las expresiones y manifestaciones populares no solo son hermosas, sino que constituyen el principal acervo creador en sus cajas de herramientas.  Para los inquisidores de la Literatura, en cambio, las expresiones populares son vulgares y paupérrimas. Para enriquecer la prosa hay que extirpar las palabras “miserables” y reemplazarlas por vocablos refinados. En cuanto a la estructura del lenguaje, hay que alejarse lo más posible del empleado por la plebe, pues “cuanto más difícil y rebuscado, mejor”. No creen que un homo sapiens pueda desarrollar el arte de la narrativa hasta llevarlo a límites deslumbrantes. Eso es privativo de los homo literatus, una extraña especie que se desarrolla en los claustros universitarios de las grandes ciudades del mundo. Y eso somos nosotros por sobre todas las cosas: homo sapiens. Una compleja y fascinante especie perdida en la inmensidad del cosmos que desarrolló el arte de la narrativa durante decena de milenios de existencia, tal vez cientos. Nosotros, los narradores de lo “fantástico” somos los herederos genuinos de aquel germen creador. Cuando el hombre se dio cuenta que al nombrar al mundo podía modificar la realidad, cuando tomó conciencia de que podía conjurar sus temores más remotos a través de la palabra, comenzaron a parirnos. Acaso ¿no fue el terror, el miedo, lo que movilizó a los pueblos primitivos a construir narraciones sobre el peligro y la muerte? Escribía Michelet en La Sorcière (1862) “la fauna de las tinieblas procede del tiempo de la desesperación”. Para Frazer, por su parte, la fuerza más poderosa en juego fue “el miedo a los muertos”. Bien agrega Colombres el temor a la muerte, el incognito más allá de nuestro planeta, el hambre y las demás catástrofes que castigaron la vida del alba de nuestra especie. Entonces, los narradores de lo fantástico, los embajadores del miedo, los que soñamos con mundos lejanos e incluso con viaje a otras dimensiones, somos los que portamos la llama perpetua del fuego primigenio. Tal vez, existan aún por mucho tiempo los inquisidores, los que quemen nuestros libros en la tierra y nos confinen a nosotros a planetas lejanos, guareciendo a la tierra de la infestación de nuestras letras, pero tan solo hará falta que en algún recóndito lugar de la tierra alguien abra algún polvoriento libro que por azares del destino haya escapado al fuego de los inquisidores, para que nosotros renazcamos una y otra vez en este mundo. Seremos, entonces, como el ave fénix de la narrativa maldita. Jamás podrán extinguirnos. Por fortuna para este mundo, son muchos, en verdad muchos los que hoy eligen los géneros proscriptos.
Rogelio Oscar Retuerto
Director de “Cruz Diablo”



lunes, 1 de agosto de 2016

Los Juguetes de Gaumont Por Ariel S. Tenorio

Ariel S. Tenorio es Argentino y tiene 40 años. Se ha dedicado a la creación de relatos de terror y ciencia ficción desde su adolescencia. Muchos de sus relatos han sido publicados en revistas especializadas, antologías y fanzines. Recientemente su relato "Plasmatrón" fue traducido al francés para la antología de Ciencia Ficción "Hola Babel" dedicada exclusivamente a autores noveles latinoamericanos. También es miembro fundador del grupo de horror experimental "TheWax".
Se lo puede contactar en el siguiente mail: soyteno@gmail.com

También podés leerlo y bajarlo en formato PDF desde:

Odiamos a Padre.  Padre tiene un instrumento de tortura medieval escondido en el sótano de nuestra casa. Se trata de un viejo artilugio de madera que se parece bastante a un asiento de dentista, pero que además está lleno de poleas, ganchos y abrazaderas de hierro. De los extremos del aparato cuelgan unas cintas de cuero que sirven para sujetar un cuerpo por las muñecas y tobillos y forzarlo a las posiciones más increíbles que se te puedan ocurrir.
Mis hermanos y yo lo apodamos “El Predicador” y, por supuesto, le tenemos el suficiente respeto como para no acercarnos demasiado. Cuando uno se detiene a contemplar al Predicador es fácil imaginarlo en su época de mayor esplendor, haciendo el trabajo sucio: Trasformando a sus víctimas en sanguinolentos despojos, con la carne amoratada, la piel sucia y atravesada por ríos de sudor y los rostros desfigurados por la agonía.
         Además, El Predicador está embrujado. A ciertas horas de la noche, si uno afina el oído, se pueden escuchar las voces. A veces, sólo son susurros disfrazados entre los ruidos del bosque, pero en ocasiones son gritos atronadores. Aullidos de tormento, clamando a Dios o a Satanás, mientras el verdugo redobla la fuerza de su faena con torniquetes y palancas. Es algo que te crispa los nervios.
Conocemos bien a Padre y sabemos que el Predicador es su juguete secreto. Padre fue quien embrujó al Predicador y el Predicador fue quien embrujó a Padre.
Al principio, como con muchos otros objetos antiguos, se trató sólo de un capricho, una pequeña excentricidad de coleccionista, pero con el tiempo se convirtió en una obsesión. Como una criatura en cuarentena, comenzó a pasar cada vez más tiempo en el sótano, lo escuchábamos a través de la trampa de madera, rezando en voz alta una jerga absurda que nadie podía descifrar y que casi siempre era preludio de alguna crueldad nueva. Poco a poco el Predicador se fue erigiendo como la verdadera voz de la conciencia de Padre, y su locura fue creciendo hasta que fue demasiado tarde para todos.
La verdad es que no sólo odiamos a padre, lo aborrecemos.
Pero él nos ha enseñado que el miedo es más fuerte que el odio. Él nos ha enseñado eso de muchas maneras distintas. Nos ha causado tanto daño, tanto dolor, que parece reservarnos con vida sólo para algún misterioso plan de dominación y tortura. Un verdugo cruel esperando el momento oportuno para mostrarnos la verdadera medida del dolor.
Estamos enfermos. Mis hermanos y yo. Padecemos una rara peste que nos afecta la piel y estamos pudriéndonos día a día.
Estamos tristes, desesperados, con miedo. Ayer fue un día espantoso; Clara fue castigada por quejarse de noche, entonces Padre perdió los estribos y la llevó al sótano. Luego la sujetó en El Predicador y tiró y tiró hasta que le arrancó una pata. El jirón de piel que la sostenía se estiró como si fuese un elástico. Clara gritó de dolor, luego lloró un poco, pero se compuso enseguida, después juró que nunca más volvería a llorar. ¡Jamás!
A mí lo que más me preocupa son estas costras, por las noches me pican como el diablo, pero Padre dijo que debía controlar el impulso de rascarme o me colgaría del techo. Yo sé que lo haría. Obedezco todo lo que puedo. Eso es fácil de día, pero por las noches cuando lo único que se puede hacer es pensar, yo tiemblo como una hoja tratando de no sentir la picazón. Casi siempre termino cediendo, acariciando los bordes de mis lastimaduras, mordiéndome los labios. Se siente un ardor desagradable pero después el alivio es tan intenso que vale la pena. Me rasco hasta sacarme los pedazos, sin importar lo que sobrevendrá. Rascarme significa liberarme, me hace olvidar de los malos episodios de la tarde, de la dura disciplina, de las duchas frías, de los golpes. Me pasa que cuando empiezo a rascarme no puedo detenerme, levanto los cascarones de sangre seca, los despego de mi cuerpo y los observo a contraluz, no sé si me siento feliz pero debe ser lo más cercano que se puede estar de serlo. Sé que a Padre no le va a gustar nada. Me llevo una cáscara a la boca y la mastico satisfecho, paladeo mi propia sangre seca y sonrío. Antes de dormirme puedo sentir las telas húmedas pegoteándose a mi cuerpo, la sangre nueva que mañana volverá a ser costra y renovará el ciclo de castigos y así.
Esta mañana, sin embargo, las cosas tomaron un rumbo diferente, apenas había despertado cuando escuché un fuerte portazo dentro de la casa, luego la voz de Padre se elevó en un rugido que me hizo temer lo peor. Había otras personas con él, dos voces desconocidas que discutían entre ellas. Miré a mis hermanos y los vi a todos ellos acurrucados en un rincón del cuarto, cada uno con sus ocho ojos negros abiertos de par en par.
—¡Viene por nosotros, Caín! ¡Viene por nosotros y nos va a matar a todos!
—¡Ssshhh!… eso no va a pasar —dije.
—¿Qué te hace pensar que no? El tipo de la feria le dijo a Padre que no podía presentarnos en público, que éramos una aberración. ¡No quiso saber nada con nosotros! Y ayer vi cómo Padre cargaba la escopeta y la escondía en el armario.
Frustrado, miré a los demás, la Tarántula estaba aterrada, el olor que manaba de ella era nauseabundo, trepó por la pared y trató de arrancar algunas tablas flojas del techo, sus patas delanteras se movían frenéticamente.
El Pardo trepó y se acercó a la Tarántula con ese lento andar que lo caracterizaba, su cefalotórax temblaba y se agitaba en pequeños espasmos.
—No podemos escapar por ahí, hermana. La única salida es por la puerta. Si no lo enfrentamos ahora, va a ser nuestro fin.
—Tiene razón, Caín. ¡Tenemos que pensar rápido! —Clara se refregó la cabeza con dos patas peludas.

Las voces de los intrusos sonaban en el corredor, pero Padre aún estaba en la sala, lo oíamos revolviendo los muebles y dando portazos mientras murmuraba juramentos y maldiciones. Se oyeron ruidos de vidrios rotos contra el piso de madera.
Viuda me miró con su media cara humana.
—¿Qué podemos hacer?
No llegué a contestarle, los dos desconocidos estaban frente a la puerta de nuestra madriguera. Sus palabras se oían nerviosas y entrecortadas, como pistoletazos.
—¿Será cierto lo que dicen en el pueblo? ¿Qué se parecen más a insectos que a personas? Mi abuela me contaba esas historias cuando era chico. Para que obedeciera. Me decía: “Tené mucho cuidado, Tavito, porque te van a agarrar las arañas del viejo Gaumont y te van a chupar la savia como si fueras un grillo”.
—¿Y cómo carajo voy a saberlo? Jamás los vi. Ahora, dejá de hablar pavadas y cubrime la espalda que voy a echar un vistazo. ¡Sacale el seguro te digo, pedazo de idiota!
El picaporte giró y cuando se abrió la puerta vimos que una cabeza se asomaba con cautela. El desconocido se quedó un segundo entornando los ojos para escrutar en la penumbra, y por suerte eso fue todo lo que necesitó Clara para decidirse. Repentinamente, saltó encima del ángulo de la puerta, se sujetó con las patas traseras y colgó cabeza abajo hasta que su rostro quedó justo enfrente del rostro del extraño. No le dio tiempo a gritar, sus colmillos inyectaron el veneno suficiente como para aniquilar a un potrillo. El hombre largó una especie de queja y se desplomó con los ojos desorbitados.
Nos precipitamos al pasillo sin pensarlo dos veces, la Tarántula y Clara arrastrándose por el techo, el Pardo y Viuda por las paredes, yo por el suelo. El segundo hombre nos vio y permaneció con la espalda pegada al empapelado como si quisiera fundirse con la casa. Tenía un arma en sus manos pero apuntaba hacia abajo, su mirada estaba desenfocada y un hilo de saliva le caía desde la boca. Cuando pasamos frente a él nos dimos cuenta de que se había meado en los pantalones.
Antes de llegar a la sala, la figura de Padre se atravesó en mitad del pasillo y nos cortó el paso. Nos encañonaba con una escopeta de grueso calibre y tenía un fuego de odio en los ojos que no le habíamos visto nunca antes. Nos detuvimos en seco, sin saber qué hacer ni para dónde escapar. Padre siseó un insulto a través de los dientes y, seguidamente, disparó contra nosotros. El Pardo chilló y se desprendió de la pared, cayó al piso con un golpe sordo, con el cuerpo humeando. Una sustancia blancuzca empezó a manar de la herida, se acurrucó a mi lado y agitó dos o tres veces sus largas y peludas patas en rápidas convulsiones. Su muerte fue rápida pero no piadosa.
Frente a la muerte de nuestro hermano enloquecimos todos. Sin pensar en lo que estábamos haciendo, nos abalanzamos contra Padre aullando como monstruos. En realidad, fue bastante fácil derribarlo, Viuda fue la primera en caer sobre él y la primera en picarlo, no una dosis fatal, sólo lo necesario para dejarlo fuera de combate. La ponzoña de una viuda negra es la cosa más terrible que puede existir, cuando el veneno entra en el cuerpo provoca espantosos dolores, y luego el infectado pierde la conciencia, penetra en un oscuro sopor nublado de pesadillas que lo atormentan sin tregua. La supervivencia dependerá de la cantidad de toxina inoculada y de la fortaleza de la víctima.
Cuando salimos de la casa nos azotó la claridad. Debíamos encontrar un refugio de aquella inconcebible fuente de luz que colgaba del cielo.
Siempre fuimos seres lucífugos.
No fue fácil arrastrar el pesado cuerpo de Padre a lo largo del pueblo, en medio de tanta luz y personas extrañas que gritaban y corrían en todas direcciones.
Cerca del mediodía la Tarántula encontró lo que estábamos buscando, un viejo puente abandonado en medio de una zona boscosa. Un lugar hermoso y tranquilo. Decidimos quedarnos un tiempo debajo del puente hasta que las cosas en el pueblo se tranquilicen.
Por primera vez en toda nuestra miserable existencia tenemos una esperanza, y vamos a defenderla hasta las últimas consecuencias.
Por el momento no nos preocupamos por conseguir alimentos. Padre cuelga como un péndulo de las vigas del puente. Se ve algo estropeado y reseco pero todavía le queda algo de jugo.
Ya veremos qué hacer cuando comencemos a sentir hambre.

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