jueves, 1 de junio de 2017

"Los que perecieron engañados" Por Julian Lucero

Julián Joel Lucero nació el  8 de Mayo de 1982, en Sunchales, Santa Fe. Es Profesor de Química y trabaja en escuelas secundarias de Sunchales y Rafaela. En el año 2015 publicó su primer libro de cuentos, “La nena que eructaba melodías gonzo” editado por Modesto Rimba. Sus autores favoritos son: Silvina Ocampo, Manuel Puig, Patricia Highsmith, H. P. Lovecraft, Stephen King, Chuck Palahniuk, entre muchos.

Podés bajarlo el achivo en PDF desde el siguiente enlace:  https://drive.google.com/file/d/0B68bhg9qd0HpR1VQNzhrOHZhMXM/view?usp=sharing



Jorge no conciliaba el sueño. Con tan sólo diez años, consumido por un terror profundo, no conciliaba el sueño. Eran los muertos los que se adueñaban esa noche de sus pensamientos. Esas personas que, en  situaciones cotidianas, habían dejado de existir.  Los arroyos,  lagunas y piletas de lona,  podían ser lechos de muerte, trampas tendidas a la espera de víctimas. Era un niño, pero la posibilidad de ser engañado y dejar de existir lo acobijaba en su desvelo. Tal vez ponerse blando y verde. Tal vez ser devorado por los gusanos. Él, que tenía tanta vida, podía convertirse en nada. Eso les pasó a ellos. Los que no le dejaban pegar un ojo.
En el pueblo se leían, escuchaban o recordaban tragedias vinculadas con ahogados. Los más viejos hablaban del tema con demasiada liviandad, como si contaran un cuento con una moraleja torcida. A veces, también parecían experimentados relatando miserias ajenas, porque los muertos eran otros. En ese dolor, el de los otros, tal vez encontraban un poco de seguridad.
Solo, en su cama, alumbrado por la poca luz de la noche,  Jorge imaginaba el cuerpo podrido de aquel hombre y a esos dos chicos que se había llevado el agua mientras pescaban, los chicos tiesos. También a la adolescente que nunca cumplió sus quince y la pobre bebé: la bebé sin vida tendida boca abajo en la piletita de lona. La ventana que daba al patio estaba abierta, porque, según su mamá,  entraba aire fresco y limpiaba el tufo. A él no le importaba. No temía por lo que pudiese entrar. La inseguridad no había llegado al pueblo minúsculo en el que vivían, imperceptibles para el resto del mundo. Lo que lo perturbaba provenía de los recovecos de su mente insomne.
Las historias negras sobre ahogados llenaron su cabeza gradualmente y convergieron en un monstruo espantoso, que le mostraba,  cada vez que cerraba los ojos, cadáveres en descomposición, violáceos, verdes, repletos de gusanos que reptaban ansiosos. Un monstruo que se escondía en la simpleza de la vitalidad y desde ahí acechaba. Un monstruo que se reía de la desesperación de sus víctimas mientras les quitaba la vida lentamente de una forma horrible. Porque los adultos, expertos en la vida y muerte de los demás,  decían “Morir ahogado o quemado deben ser  las peores formas de morir”.“Enterrado vivo también” pensaba Jorge. Tierra, fuego y agua. El aire era lo que faltaba al final.
El hermano mayor de Francisco, el panadero del pueblo,  había fallecido algunos años atrás. Estaba cazando patos en una laguna tranquila. Una de sus presas quedó flotando en medio del cuerpo de agua y decidió nadar para buscarla. Se sacó la ropa y, en calzoncillos,  sumergió su cuerpo en el agua barrosa. Nadie supo nunca si se descompuso, o qué fue lo que pasó porque no había testigos en aquel lugar aislado. Si gritó o pidió auxilio en algún momento,  nadie lo oyó. Todo ocurrió serenamente, ahí donde no había nadie. Dos semanas más tardes, tres chicos que pasaban por el lugar, sintieron un olor nauseabundo y  encontraron el arma y la ropa. Caminaron por la orilla de la laguna, consumidos por el asco que les producía aquel hedor indescriptible. Uno fue a pedir ayuda a un paraje cercano. Los otros dos se toparon con el cuerpo, hinchado y desnudo, del hermano de Francisco, que yacía hundido parcialmente en el barro. Su piel amarillenta estaba repleta de moscardones que husmeaban el cadáver. Cuando otras personas llegaron al lugar intentaron levantarlo, su vientre se desfondó y una masa negra de entrañas y líquido cadavérico les bañó los calzados y parte de su ropa. Eso decían los pueblerinos del hermano de Francisco. Eso es lo que escuchó Jorge. En eso pensaba aquella noche. En el cuerpo sin vísceras, putrefacto. Tenía que pensar en otra cosa.
También, los padres se desligan, no saben qué hacen los changos y después lloran. Yo al Román le tengo prohibido salir si hay tormenta” comentaba Isabel, la mejor amiga de la mamá de Jorge. Unos compañeros del colegio de Román, que tenían dieciséis años,  murieron ese verano. Fueron a pescar al arroyo del pueblo un día tormentoso y no volvieron. Cuando se desató la tormenta, los padres desesperaron y decidieron, en medio del diluvio, buscar a sus hijos. Los encontraron flotando al día siguiente a unos kilómetros del puente en el que habían bajado para emprender la pesca. El arroyo creció y, junto con un montón de ramas y basura, se llevó a los chicos, para que nadie pudiese escucharlos mientras morían. Iván y Manuel se llamaban. Manuel tenía las manos en posición de estar aferrándose a algo, como garras. “Estaba tieso”, decía la gente. Cuando Jorge dejó recordar a los chicos del arroyo, notó que sus manos estaban aferradas, también como garras, al forro de almohada.
Siempre quedaba hipnotizado ante la foto de esa chica tan bonita y joven, prima de su padre, que descansaba junto con otras fotos viejas en un álbum deteriorado. El relato sobre lo que ocurrió con Sandra  se repetía con frecuencia en su familia. Si no era su papá, seguramente su abuelo o sus tíos evocaban aquella tragedia. La cava de Colonia Eustolia, el lugar natal del papá de Jorge,  era muy concurrida por los habitantes del pueblo. Un lugar tranquilo, un sitio de reunión para los fines de semana de verano. Las mujeres se ponían al día con los chismes entre mate y mate mientras los maridos cazaban y sus hijos se refrescaban en la cava. Las miradas atentas de las madres, que no dejaban de hablar, remarcaban el”No se alejen de la orilla”. Sandra esperaba ansiosa sus quince años, todos lo sabían. En la colonia, las fiestas de quince eran eventos populares, esporádicos, algo de qué hablar durante los meses subsecuentes. Ya tenía su vestido, sólo restaba la espera a ese día que nunca llegó  porque,  uno de esos tantos fines de semana,  desapareció repentinamente de entre los cinco chicos que se estaban bañando. Su cuerpo, sin vida, emergió de las aguas al anochecer. La muerte de Sandra definió la desolación total de la cava y su carácter de lugar embrujado. Comentaban que la imagen de la joven se aparecía en las aguas tranquilas, al atardecer.
Esa chica, llena de vida, hermosa,  se había consumido en un cajón entre  restos de flores. Seguramente quedaba poco de su cuerpo, unos huesos y carne seca. Su abuelo solía decir que lo primero que desaparece en el cuerpo de un muerto es la lengua. La lengua de Sandra, pudriéndose ahí. Jorge respiró hondo, sacudió la cabeza. Jamás cerró los ojos.
Fijó la vista en la pared, pensó que, de una vez por todas,  se había despojado de todos esos pensamientos que no lo dejaban dormir. Sintió la puerta del baño, era su papá que se levantaba siempre por las noches. Sonó la cadena, el agua corría. Su papá y el agua corriendo, su papá y el diario en la mañana, el diario y los policiales. Todos los sucesos se concatenaban armónicamente con el propósito de que no pegara un ojo. Estaría envuelto en la maraña de recuerdos contaminados hasta el amanecer, hasta que los párpados cedieran, se rindieran, como se rindieron todas aquellas personas, el señor, los chicos, la chica. Entonces no vería más nada. Todo sería oscuridad.
Los policiales del domingo informaron acerca de la muerte de una bebé  en la ciudad de Esperanza. Según la fuente, la madre había entrado a atender el teléfono y cuando regresó, la criatura estaba tendida boca abajo flotando en la escasa agua de la pileta de lona. “Fatalidad, te das vuelta y pasa”, dijo su padre. No había más detalles, motivo por el cual, la cabeza de Jorge trabajaba a un ritmo macabro. La piel azulde la bebé, azul cianótico, azul podrido. Como la panza del hermano de Francisco, como la lengua de Sandra. Seguro estaba tiesa, como los chicos de la pesca. También habrá luchado por aferrarse a la lona con sus brazos cortos y el agua, despiadada, no la dejó salir, no la dejó gritar ni respirar. Por eso su piel tenía que estar azul. Jorge reaccionó. Estaba empapado íntegro en transpiración. “Quiero pensar cosas lindas, quiero pensar cosas lindas, quiero dormir”. Se levantó en la penumbra y caminó hasta el baño. Se frotó los ojos cansados y la nuca con agua fría. Se sentía estúpido. Todo eso había pasado afuera, lejos. Él estaba en su casa. Su papá y su mamá cuidaban de él. También de Sandra y de la bebé, pensó. Y ahora están azules y podridas, pensó “¡Basta!” gritó. Volvió a la cama y se recostó. Finalmente, cerró los ojos y se durmió.
Lo despertó el ruido de un baldazo. Asumió que debía ser su mamá iniciando las tareas domésticas,  pero todavía era de noche.  Su habitación estaba iluminada por la luz de las estrellas que ingresaba a través de la ventana abierta. Entonces sintió el chapoteo. Alguien o algo chapoteaba debajo de su cama. Se sentó y se asomó temblando. No quería gritar porque era un chico grande, tenía diez años y se bancaba las películas de terror por las que la mayoría de sus amiguitos se meaban encima. Efectivamente, se había formado un charco que crecía desde abajo de su cama. Los chapoteos no cesaron y entonces apareció la responsable: era una bebé. Su cadáver pequeñito gateaba en el charco y buscaba con sus ojos vacíos la mirada de Jorge, tiraba de las sábanas, quería llegar a él.  Se paró aterrado sobre el colchón. Su intento de grito fue interrumpido por  manos frías que le taparon la boca, llegaron desde atrás. Alguien había entrado por la ventana. Maldijo a su mamá y al aire fresco. Hizo fuerza e intento zafarse. No quería ver a quién pertenecían, pero las manos lo dieron vuelta y quedó cara a cara con la cosa que estaba en su ventana. Era una chica, el cadáver de una chica, con los ojos hundidos en lo que alguna vez fue su rostro, consumido, seco. Besó en la boca a Jorge y le metió la lengua. La lengua era tan grande que ocupaba toda su boca, no podía respirar. La bebé había trepado a la cama y se abrazó a sus piernas. Jorge apretó fuerte los dientes hasta que cortó la lengua de cuajo y empezó a tirar puñetes. Uno de los golpes dio de lleno en el rostro de la chica y la tiró de la cama. Sacudió las piernas para deshacerse de la bebé, que se desprendió y rodó cayendo al suelo. No obstante, las dos monstruosidades se incorporaron velozmente. Un poco de aire entraba por su nariz, un aire nauseabundo, ácido. No podía escupir la lengua estaba pegada en su boca, como una sanguijuela. Saltó por la ventana y cayó sobre el césped del patio. Corrió cegado por el miedo. Quería gritar y no podía. Con los dedos intentaba, en vano, sacar aquel fragmento de carne putrefacta de su boca. Rogaba porque alguien lo viera en ese pueblo donde todos saben todo, pero nadie ve nada. Llegaría al frente y tocaría el timbre. Podría escupir la lengua y gritaría. Chocó contra algo. Lo único que vio fue una figura humana con un agujero negro a la altura del vientre. Un chorro delíquido negro lo bañó. Entró en sus ojos, boca y nariz. Intoxicado por el hedor de la putrefacción, desvaneció.


Lo arrastraban boca arriba por los pies. Amanecía. Observó el cielo más claro mientras su nuca trazaba un surco y chocaba contra piedras y desniveles del suelo. La lengua ya no estaba más en su boca. El olor nauseabundo era lo único que respiraba. Una mezcla de huevos podridos, meada, cloacas y osamenta. Giró la cabeza a un costado y vomitó. Vomitó hasta que nada quedó en su estomagó y después tosió. Reconoció el lugar. Estaba en los zanjones, en las afueras del pueblo. Juntaban poca agua, pero la suficiente para tapar su cuerpo. El frío de la inmersión invadió primero sus piernas, después su cintura y se expandió por todo su cuerpo. Flotaba en el agua estancada de los zanjones. Ya no gritaría, no tenía fuerza. Miró por última vez el cielo. Buscó con la vista y encontró a los que lo llevaron ahí. Eran dos chicos más grandes que él, que le sonreían. Tenían el pelo largo y los ojos como pelotas hinchadas, oscuras, que se hundían en sus caras verdosas. Uno le apoyó la mano en forma de garra sobre la frente y hundió su cabeza.  Luego, los dosse sentaron encima hasta dejarlo completamente sumergido, indefenso. Y cuando el aire se terminó,  las burbujas se cortaron y la vida fue arrancada del cuerpo de Jorge, todo fue paz, estaticidad y naturaleza. Sus miedos se desvanecieron en aquel  lugar tan inofensivo como tramposo, lejos de toda fragilidad que intentase invocarlos.

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